Me pasa cada vez que me toca predicar. Puede ser en un grupo de niños, una reunión de jóvenes, o en un servicio para toda la iglesia—no importa—pero me pasa. Mi estomago empieza a sentirse diferente—como si fuera mariposas volando alrededor de los tacos que acabo de comer. La boca se me seca. Hay nervios mil. Mis piernas empiezan a temblarse. Tengo un diluvio de energía en mi cuerpo. Sudo como si fuera el ultimo minuto del mundial.

No tengo miedo de hablar en publico. No le temo a la audiencia. De hecho, es una de las cosas que mas me gustan en el mundo. Me encanta hablar en publico. Los nervios no vienen de pararme en publico sino del mensaje que voy a predicar. Y espero que nunca se me quite, y espero que lo sientas también.

Déjame explicar.

El mensaje del evangelio es de tanta importancia que los mensajeros tienen que asegurarse que lo están predicando correctamente. Hace unos días estaba leyendo en Gálatas precisamente sobre este tema, y me recordó por que me pasan estas cosas a la hora de pararme y predicar.

Pablo escribe: “Pero si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciara otro evangelio contrario al que os hemos anunciado, sea anatema. Como hemos dicho antes, también repito ahora: Si alguno os anuncia un evangelio contrario al que recibisteis, sea anatema. Porque ¿busco ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O me esfuerzo por agradar a los hombres? Si yo todavía estuviera tratando de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo.” (Gálatas 1:8-10)

Si eso no te da nervios, no entiendes el peso de las palabras de Pablo en este pasaje. Cuando tu y yo nos paramos a hablar del evangelio, si no predicamos el verdadero evangelio que viene de la Palabra de Dios, Pablo dice que somos anatema. Anatema significa “maldito, apartado para la destrucción.” Pablo no juega con el evangelio. Como tiene el poder para la salvación (Romanos 1:16), nuestro trabajo es predicarlo de manera correcta. El “Diccionario de Vine” lo explica de esta forma, “El apóstol declara en los términos más enérgicos posibles que el evangelio que él predicaba era el único y exclusivo camino de la salvación, y que predicar otro equivalía a hacer nula la muerte de Cristo.”

Por eso es tan importante que los lideres juveniles estudien la Biblia, que nos preparemos para compartir las buenas nuevas, que podamos responder a preguntas y aclarar dudas sobre el evangelio, que sepamos lo que se enseña en la Palabra de Dios, y que vivamos con nuestras acciones lo que el evangelio significa en la vida de un creyente.

Te ruego, no tomes a la ligera tu responsabilidad ante los jóvenes. No te olvides de la grandeza de la Palabra de Dios y el poder del evangelio.

Predica la Palabra—predica el verdadero evangelio.